El Sembrador
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ABERRACIÓN JURÍDICA
Matrimonio igualitario: estrategia estatal para ocultar abuso infantil
¿Existe? ¿Es posible que dos personas del mismo sexo puedan complementarse y formar una familia? ¿Se puede ser feliz desvirtuando lo que Dios ha creado?
 
Las sociedades son dinámicas y están en permanente evolución, lo mismo que las leyes y las demandas humanas, pero hay determinados valores que se han mantenido constantes a través de los siglos como el amor, la búsqueda de la felicidad, el deseo de trascender la propia existencia, la necesidad de estar en paz con uno mismo y con Dios, el cuidado de nuestros cuerpos, la salud, etc.
Los grandes interrogantes que surgen entonces son ¿cómo se logran? ¿Cuáles son los caminos para acceder a ellos? y ¿Por qué pocas personas los alcanzan?
Una de las razones, quizás, radique en que no somos autosuficientes. Nuestro creador nos formó con distintas capacidades y talentos para que no nos envanezcamos y necesitemos del otro.
Es el caso del hombre y la mujer. La fortaleza física, el trato, el comportamiento, las actitudes, la seguridad, la posibilidad de disociar la razón de las emociones, el autocontrol y la determinación para tomar decisiones de alto riesgo que caracterizan al varón, lo alejan de la delicadeza, suavidad, sensibilidad, ternura y dulzura que únicamente poseen las mujeres.
Por eso es que naturalmente, los hombres sentimos algo especial por las mujeres porque tienen lo que deseamos y necesitamos, algo diferente que nos falta y ningún otro ser nos puede dar.
Este tipo de relación, una vez consumada, es la que nos permite ser felices, formar una familia, obtener el equilibrio emocional, reproducirnos, propagar la especie, trascender, cumplir la voluntad de Dios y ser útiles al sexo opuesto.
De manera tal que el “matrimonio igualitario” en la práctica no existe más que para algunas leyes porque entre iguales no se pueden complementar, si no, no existiría la mujer ni tendría sentido su permanencia sobre la faz de la tierra o, en el caso inverso, el hombre. Si cada género podría darse vida a sí mismo y proveer todo lo indispensable para conseguir la plenitud, hay otro que sobra y está demás.
Sabemos que esto no es así y que Dios creó a la mujer para que el hombre no esté solo y es la única ayuda idónea que puede tener como bien lo refleja el libro de Génesis, capítulo 2 y Proberbios 18:22 “El que halla esposa halla el bien y alcanza la benevolencia de Jehová”.
Ahora bien, debemos preguntarnos entonces por qué el mal llamado “matrimonio igualitario” está incorporado en el Código Civil y por qué se acepta como algo normal la homosexualidad si no produce bienestar y provoca la ira de Dios “No te echarás con varón como con mujer; es abominación (Levítico 18:22).
Esas son las grandes preguntas que debería hacerse el Estado y sus gobernantes ¿Por qué no se las hacen? Porque es más fácil y cómodo darle a la gente lo que pide que hacerse cargo de sus propias responsabilidades.
Un travesti apodado “Vanesa” alguna vez explicó en un programa televisivo que su homosexualidad comenzó cuando fue violado de niño en la calle al tener que salir a trabajar por la pérdida de su padre. Un conocido modisto atribuyó la misma razón de su conducta a lo que le hizo su hermano mayor cuando era muy pequeño.
Estos testimonios revelan algo muy importante: una de las principales causas que produce esta actitud es el abuso infantil dentro y fuera del hogar. En este último ámbito el Estado es responsable porque debe garantizar la seguridad de las personas y en el
primero; lo es indirectamente por la falta de educación, la sanción de leyes que vuelven más inestable a las familias y la falta de condenas ejemplares a los que cometen estos hechos aberrantes.
Volviendo a la escritura, el Señor Jesús dice en el libro de Juan capítulo 10, versículo 10 que el ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
Del compromiso que asumamos como ciudadanos depende en gran medida que a otros semejantes no les roben la infancia, maten y destruyan su dignidad, sino que tengan vida y la tengan en abundancia para poder transmitirla a otros.